sábado, 1 de junio de 2019

La cultura se extingue si se consume.

Hay una visión de "consumo" de la cultura que campea y que pretende venderla como producto.
La cultura no se fabrica ni se "consume". Se manifiesta en expresiones vivas que si bien incluyen los objetos fabricados, no es ni el cómo se producen ni en el cómo los consumimos o desechamos lo que para la cultura cuenta.
La cultura no está en esos "cómo" sino que ésta da cuenta de sus porqué y para qué, del qué sentido tiene para quien la expresa y para la sociedad que la recibe.  Incluso para los que dominan a esa sociedad.
Porqué vamos o no vamos a la ópera o a una muestra folclórica nos dice los intereses y las costumbres de un pueblo. Porqué usamos jean y no paño, qué significa usar ese jean, son los aspectos que nos hablan de lo cultural, no cuántos jeans se fabricaron ni cuántos se consumieron ni a qué precio. Para eso existe la economía, no la cultura.
Cómo recibe un pueblo una canción, una obra artística, depende del cómo la gente llega a ella. Si fue impuesta como formato por los medios para estimular su consumo, aunque no diga nada, o, si hace parte de lo que la gente necesita escuchar y decir pero no sabía cómo hasta que el artista la compuso.
Para ambas opciones los medios son importantes. Pero mientras para la primera ese impulso de los medios es imprescindible, la segunda prevalece entre quienes la conocen y escuchan por su valor no monetario, por su valor simbólico y la preservan y comparten, no la consumen. A una la sostiene temporalmente el mercado. La otra  permanece en la voz de un pueblo sin consumirse, sin extinguirse. Una se vuelve basura y la otra tesoro.
Lo triste e inevitable en esta sociedad de consumo es que el artista creador sí se consume, se extingue, muchas veces antes de que su obra sea reconocida. En especial cuando ese reconocimiento depende del mercado, de cuántos de sus "productos" compraron y no del significado que su obra puede alcanzar a tener.

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